El mundo no es Twitter

Ni tampoco esa negra espiral de robos, timos y secuestros que circulan por el grupo de WhatsApp de tu familia

GUILLERMO HORMIGO

La cultura del meme, del GIF, del ingenio ante todo. Las portadas se pelean por llamar la atención más que nadie, por lograr la mejor y mayor ocurrencia. Trump ha aparecido caricaturizado de todas las formas habidas y por haber. Alec Baldwin lo ha ridiculizado de manera impagable en el programa Saturday Night Live. Publicaciones de intachable renombre como The New York Times o The Washington Post han hecho un incansable trabajo desmintiendo todas las mentiras de esa inofensiva broma que llegó a la presidencia.

Y si hablamos de las redes sociales, sobre todo Twitter, el nivel de superioridad de los contrarios a Trump era apabullante durante la campaña electoral americana. Cualquier chascarrillo ingenioso contra el candidato republicano se llevaba, y se lleva, cientos o miles de retweets. Pero el mundo no acaba (ni empieza) con el pajarito azul.

A la cantidad de gente que no usa las redes hay que sumar las que sí lo hacen, pero no las orientan en absoluto a temáticas políticas (aunque, ¿hay algo que en realidad no sea político?). Y podríamos hablar de brecha digital, generacional o económica. Probablemente sea una combinación de todos estos factores.

Por ello, no puede extrañarnos que algo que en redes puede ser escandaloso sea una frase habitual cuando visitas a tus tíos al pueblo. Y no quiero con ello condenar la postura de mis tíos y tías del pueblo, tan solo remarcar con este ejemplo generalizador unas distancias que existen.

En este mismo texto no está siendo sencillo el esfuerzo de  evitar una cierta superioridad moral o intelectual. Porque esta es la verdadera condena de los twitteros. De Hollywood contra el señor del tupé. De los Goya contra los recortes (aunque aquí entramos en un tema injusto al que habría que dedicar otra parrafada).

Aunque intentemos disimularlo (o ni eso), a los votantes de Trump les consideramos unos incultos. Nos los imaginamos como paletos gordos, comiendo pollo frito con la salsa salpicando toda su cara mientras despotrican contra las mujeres y los mexicanos. Desgraciadamente, ha conseguido llegar a un sector mucho más amplio. Un sector que aumenta con cada desprecio, con cada ataque desde la superioridad moral, desde el esnobismo intelectualoide (expresión esnobista intelectualoide donde las haya). Lo mismo puede decirse de quienes depositan su confianza en Le Pen o el Brexit.

No renunciemos al ingenio, al uso de todos los nuevos medios con los que contamos para cambiar el mundo. Pero no nos olvidemos tampoco de nuestras abuelas, de nuestro tío del campo, de nuestro primo el albañil, de esos amigos de la infancia que no salieron del barrio. Porque también son gente. Que se ha llevado palos. Que ha sufrido. Que tiene todo el derecho del mundo a votar lo que le dé la gana. No les digamos incultos, no los incluyamos en generalizaciones tan injustas como la de este párrafo.

Escuchémosles, démosles espacios de representación en los medios. Aunque sea tan solo para desmontar una ideas asumidas que deben cambiar. Y no demos nada por sentado. No asumamos que todo el mundo diferencia izquierda y derecha. Que todos tenemos conciencia social. Así debería ser, pero desde el menosprecio y las marchas forzadas es imposible conseguirlo.

El mundo no es Twitter. “¡Por desgracia!”, dirán muchos. Mientras, su tío piensa que su sobrino es un pijo malcriado. Cabreado, publica en su muro de Facebook que los inmigrantes se cargan España . Y luego, citando en un alarde de originalidad a Churchill, que “si de joven no eres de izquierdas es que no tienes corazón, pero si de mayor no eres de derechas es que no tienes cabeza” (aún recuerdo la primera vez que un señor me dijo esta frase, un escalofrío recorrió mi cuerpo).

Sí, el mundo sería mejor si se pareciera un poco más a Twitter y menos a los apocalípticos bulos que se difunden por el grupo de WhatsApp familiar. Pero que no salga de Twitter. A nadie le gusta que le digan “cuñao” en su cara.

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