El camino de Sam

Quién mejor que un transexual para que me lo cuente

MARÍA ELEJALDE

Mi profesora de Estructura Social Contemporánea nos insistió en nuestra última clase en la afirmación de que la raza no existe. “Desde el punto de vista biológico, la raza no existe, todos estamos mezclados. Solo existen diferencias físicas, diferencias de rasgos […] La raza es un concepto que pertenece a nuestra sociedad, por lo que puede entenderse como un conjunto de relaciones sociales que permite, a partir de unos rasgos que tienen una base biológica, ubicar o categorizar a los individuos y a los grupos”. Por lo tanto, basándonos en estas afirmaciones, es sencillo llegar a la conclusión de que la raza no es más que una construcción social.

Esta afirmación, de la que ella parecía estar tan segura, me hizo plantearme otros conceptos sobre los que anteriormente no me había detenido a pensar tan a fondo. Si una idea tan interiorizada en nuestra sociedad, como la de la raza, no es más que una designación lingüística de una construcción [falsa] de las personas… ¿Qué me dice que no existan otros sustantivos que pueden llegar a caer en esta misma categoría?

Entonces, me puse a pensar y un día cruzó mi mente un concepto que hacía tiempo me había planteado y también era algo abstracto para mí. Fue un autobús naranja con un mensaje retrógrado el que me hizo replantearme las concepciones que tenemos de las palabras “hombre” y “mujer”. “Los niños tienen pene, las niñas tienen vulva. Que no te engañen” decía el mensaje del vehículo en gruesas letras blancas. Me hace gracia. Yo recordaba una época, cuando escuché la palabra transexual por primera vez, en la que tampoco conseguía entender exactamente a qué se refería ese concepto. O, quizá, no entendía el hecho, situación o fenómeno que la palabra en sí pretendía describir. ¿Ser chica pero sentirte chico? Pero, ¿cómo vas a sentirte algo que no eres? Me preguntaba. Con el tiempo, experiencias y la reflexión de mi profesora, entendí que el género no era una cuestión de genitales sino de concepciones que la sociedad había creado alrededor de unas determinadas características físicas. Aún y todo, pedí a mi amigo Sam Choi que, con sus propias palabras, me explicara eso de la transexualidad desde un punto de vista más personal, de una manera que yo, o cualquiera, lo pudiera entender.

“En pocas palabras, ser transexual significa que mi anatomía física no se alinea con la identidad de género que tengo en mi cabeza. Y, para la mayoría [de personas transexuales], esto es un increíblemente doloroso proceso de aceptación. A mí, personalmente, me llevó muchos años de autodestrucción el terminar aceptando lo que realmente siempre había sabido que era, un chico y no una chica.” Era un poco lo que yo me imaginaba pero con palabras más duras de las que yo hubiera utilizado. Puede que hasta que uno no vive cualquier experiencia desde dentro, no puede llegar a comprender, en su total magnitud, la situación que se plantea. Pero yo quería saber más y mi amigo Sam estaba más que dispuesto a ayudarme.

“Es doloroso estar en un estado constante entre el miedo y la preocupación por cómo tu familia y amigos podrían pensar que eres diferente con el simple hecho de cambiar unas palabras. Cómo las personas que habían prometido quererte y estar a tu lado para siempre sin importar el qué, pudieran dejar de quererte y dejarte atrás. Cuando estaba en el instituto, alguien me preguntó si era transexual. Lo negué rotundamente sintiéndome avergonzado y temiendo que alguien cercano pudiera haber llegado a escuchar aquello. Hubiera sido terrible. Cuando era joven, no sabía qué significaba ser transexual, solamente que acarreaba connotaciones negativas. No quería ser nada de lo que mis padres pudieran sentirse defraudados, o nada por lo que mis amigos pudieran dejarme de lado. Pero negar lo que realmente era, solamente hizo mi vida más difícil.”

Alguien dijo alguna vez que, a menudo, las personas que más se ríen son realmente las más infelices por dentro. Cuando conocí a Sam, que por aquel entonces se identificaba con el nombre de Jackie, yo la consideraba la persona más graciosa del mundo. No había ni un momento de los que compartíamos en el que me aburriera o dejara de reírme. Cuando más adelante me explicó cuáles eran sus verdaderos sentimientos durante la etapa de nuestras vidas que llegamos a compartir, sentí que en cierto modo, no había llegado a conocerle completamente, y eso era lo que más me apenaba de todo.

Además, el conocer esa nueva realidad de mi amigo hizo que mis propios problemas se volvieran insignificantes. “Muchos adolescentes se sienten inseguros con su apariencia o su cuerpo. Pero mi infelicidad y odio hacia mi mismo eran mucho más que eso. Cuando empecé a crecer, eran terribles las reacciones al ver una completa división entre la persona que había frente al espejo y a quién se suponía que debía estar creciendo. Esto no hizo más que empeorar cuando llegué a la pubertad y mis características femeninas se volvieron más notorias. Solía llevar camisetas anchas y pantalones atléticos para esconder mis caderas, muslos y pechos, y en el intento de esconder esas partes, mi postura se convirtió en la de una tortuga. Mis hombros empezaron a encorvarse hasta que no pude ni andar derecho.”

La curiosidad seguía dentro de mí, pidiéndome que averiguara más sobre las personas transexuales que, llegados a este punto, tanto me interesaban. Quería que las palabras de Sam me sacaran del pozo de ignorancia en el que sentía que había estado viviendo, pero, por otro lado, sus palabras reflejaban mucho dolor y era difícil escucharle. Quería que me contara qué era lo que una persona transexual vivía, experimentaba o sentía desde dentro, pero en sus palabras no encontraba más que experiencias horribles que había que tenido que vivir solo por miedo a ser juzgado, y ese terror era tan grande, que no podía confiar ni siquiera en mí. Empezaba a ver el proceso de la transexualidad y el hecho de simplemente serlo como algo mucho más allá de lo que jamás había logrado imaginarme. No era solamente tener la mente y el cuerpo desalineados, era todo el proceso de autoaceptación, miedo, autoengaño, preocupación y odio el que estas personas llevan consigo y al que están, muchas de ellas, predestinadas a vivir. La sociedad ha creado que ser transexual sea, más que en una condición sexual, una tortura.

“Seamos honestos, nadie quiere convertirse en una parte marginada de la sociedad ni ser excluido por no ser ‘normal’. No quería serlo, pero lo soy. Si tuviese la opción, ¿optaría por formar parte de esa heteronormativa sociedad y sentirme a gusto dentro de mi propio cuerpo y no tener que preguntarme constantemente si estaré seguro o vivo el día de mañana? Sin duda alguna, sí. Pero en esta valiosa vida que mis padres me han otorgado, no lo soy, y depende solamente de mí sacar el mayor provecho del tiempo que tengo. Desafortunadamente, llegar a aceptar quienes somos es realmente un proceso tan duro que lleva a algunas personas transexuales a terminar con su vida. Los transexuales son el colectivo con más alto riesgo de suicidio dentro de nuestra sociedad.

“La falta de apoyo y amor hacia este colectivo hace que muchos opriman sus verdaderas identidades por la aceptación de otras personas. Yo intenté suprimir mi identidad por la aceptación y felicidad de otros, especialmente mis padres. Desesperadamente, intentaba distraerme del odio que sentía hacia mí mismo cada vez que veía mi cuerpo. La imagen que yo visionaba de mí mismo en mi cabeza no era la que se reflejaba en el espejo y sentía como mi propio cuerpo se volvía contra mí.”

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Os alegrará saber que la historia tiene un final feliz pero que, no nos engañemos, no quita todo el proceso por el que mi amigo tuvo que pasar. Pero, ese camino de superación también fue, en cierto modo, una manera de crecer para Sam aunque fuese un proceso de crecimiento lleno de dolor y odio y un recorrido por el que no desearía que ningún niño tuviera que pasar jamás. “No soy diferente de ninguno de mis compañeros de clase o diferente de nadie. Soy tan diferente como cualquier individuo en la tierra y esa es la única forma en la que soy diferente (aunque aún estoy trabajando en esto de andar derecho y crecer, en ambos sentidos de la palabra). Para mí, ser capaz de poder vivir de la manera más auténtica es un “privilegio” en un tiempo en el que muchas personas transexuales son acusadas, oprimidas, abusadas, maltratadas, asesinadas o (en algunos lugares) se les prohíben los más básicos de los derechos humanos, por el simple hecho de vivir plenamente algo que ellos no eligieron ser.”

“He recibido una gran cantidad de inesperado apoyo y amor por parte de mi familia, mis amigos e incluso de personas con las que había perdido el contacto, en el momento que más vulnerable me sentía. Y eso me ha permitido tener fe en la humanidad y poder darles a las personas el beneficio de la duda. Me ha ayudado a no sentirme avergonzado de quien soy, que realmente solo constituye una pequeña parte de mi verdadero yo. Con las personas transexuales viviendo abiertamente, estamos logrando un cambio”.

¿Qué derecho tiene ningún autobús a decirle a un niño o una niña que es lo que puede ser y qué no? ¿Cómo juzgar qué es lo que cada uno debe sentir y cómo debe vivirlo? Yo he decidido que voy a dejar de basar mi vida, y las preconcepciones que tenga, en construcciones sociales que entre todos hemos creado para hacernos la vida más fácil, pero que, a cambio, se la hacen imposible a muchos otros.

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2 Comments

  1. Me ha encantado el artículo de María y el sincero y valiente testimonio de Sam. Me ha ayudado a comprender el sufrimiento que conlleva la transexualidad y me reafirma en la idea de aceptar a cada uno sea como sea, sienta lo que sienta. Gracias Sam.

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