Pancarta al suelo, sábana al cuello

Un joven recibe un premio al mejor reportaje escolar. Muestra de que se comienzan a incentivar la competitividad y los egos a edades muy tempranas.

Decía el que es, a su pesar, uno de los hombres más citados del mundo: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Estas nueve palabras llenas de ingenio que pronunció Groucho Marx esconden una máxima causante de muchos de los males del mundo: no siempre actuamos en defensa de lo que consideramos justo. Es falso que siempre busquemos el bien. Es difícil mantener siempre la integridad.

A esta retahíla de sentencias pesimistas conviene buscarles un porqué. ¿Qué lleva al ser humano a abandonar sus convencimientos morales? ¿Cómo se destrozan las inquietudes y las ganas de transformar el mundo de tantas y tantas personas? ¿Para cambiar el mundo hay que cambiar la maleta por el maletín ? ¿La sudadera por el traje que hace sudar? ¿Las cervezas a un euro en el bar de la esquina por las copas gratis en el local del centro? Puede parecer simplista, pero no resulta despiadado pensar que estos cambios son culpables de despertar el hambre de poder, responsables de poner fin al sueño de la reivindicación.

Claro está, hay quien nunca sucumbe. Héroes excepcionales que más de una vez habrán pensado en dejar su capa y montarse en el cohete propulsado del villano. Tampoco es justo decir que vestir bien, comer en los mejores restaurantes, emborracharte en las mayores fiestas, acostarte… en los más lujosos hoteles cause automáticamente la pobredumbre moral del alma humana.

Sin embargo, la conjunción de muchos elementos a los que asignamos un cierto estatus crea en nuestro interior una sensación de superioridad, de ser capaces y merecernos comernos el mundo. Y a quien sea. Cuando uno va en traje o un tacón de punta en el metro, observa gustoso la metamorfosis que han vivido las miradas de los viajeros respecto a la mañana anterior, en la que volvía sudado después de hacer como que corrías por el Retiro.

Escalando un par de escalones en la escala de responsabilidades y logros, pensemos en un artista reconocido (cualquiera). Uno que empezara retratando los ambientes y las gentes entre los que nació y creció: quizá un barrio humilde. Criado entre personas que ni conocían el campo en el que después se convertiría en maestro, pero que no por ello no fueron influyentes.

Un día, ese artista recibe un premio. Le aplauden cientos de personas (muchas de las cuales tampoco saben qué hace exactamente). Cada palmadita en la espalda, un metro sobre el suelo. Habitación gratis en el hotel con unas sábanas certificadas como las mejores de España. Al día siguiente, quizá, a ese artista ya no le apetece reflejar el mundo en el que creció. Tampoco los problemas que no permiten que ese mundo fuese (y sea) mejor. Legítimamente, es posible que prefiera hablar de los sentimientos que vive entre esas sábanas con un amor en sus brazos.

Llegamos a las cimas de esta escalera del poder que estamos subiendo. Ahora nos ponemos en la piel de esas personas que tienen la inmensa responsabilidad de enlazar los territorios del mundo para que fumen y firmen la pipa de la paz: embajadores, representantes de los países en la ONU, etc. Diplomáticos, qué bonita palabra. Y qué diplomática.

Nuestros representantes en el mundo (y, seguramente, también en España) son básicamente actores y actrices, showmans. Las intervenciones son un (divertidísimo) muestrario de quien tiene más labia e ingenio. Las negociaciones se convierten en una batalla banal por ver qué bando aglutina más poder. Y todo ello con unas posturas que nadie cree, forzadas a límites surrealistas en los que lo menos importante son los intereses globales. Y para más inri, todo queda sepultado bajo los intereses creados, las fiestas que estos gobernantes seguro se pegarán, y el “salseo” que en ellas disfrutarán.

Las personas que van a representarnos en el futuro viven una formación al respecto que es un artificio constante. Tanto en los discursos como en la parafernalia. Es horrible comprobar cómo se intenta acabar con la pobreza y el resto de problemas del mundo en un entorno que está a años luz desde la vestimenta hasta la última gota de alcohol. Esta es la mejor parte, por poner un ejemplo, del URJCMUN (que al final no es más que un modelo para disfrutar aprendiendo y llevarte recuerdos con nombre de país), pero la más inquietante de la realidad.

Mientras el traje eleva sobre la muchedumbre y la corbata asfixia de ego, se hace cada vez mayor la tentación de dejar de pelear y rendirse a la “hipervida” a la que ese compromiso y constancia han llevado. Porque, ¡dios!, te lo mereces. Ya has peleado bastante, has cambiado un par de cosas. Te toca descansar y disfrutar, ya te tomarán el testigo en la pelea otros.

Así se rinde quien pudo cambiar el mundo. Enrollado en las mejores sábanas del mejor hotel del mejor distrito. En la segunda mejor habitación. La suite imperial la ocupa aquel que le apartó del duro camino del compromiso.

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