Menos muros y más lazos

El mundo vive tiempos difíciles para la multiculturalidad. Este proceso, que comenzó a finales de los años 90 gracias al nacimiento de Internet, ha cambiado completamente el rumbo del mundo. Ha conseguido acortar largas distancias, mejorar las comunicaciones, favorecer el intercambio, el comercio y, sobre todo, el descubrimiento de otras culturas.

La globalización ha fomentado desde el minuto cero el contacto con personas que viven en otros lugares, que tienen tradiciones, gastronomía y perspectivas de la vida, del arte y del amor, la amistad, la muerte… que son completamente distintas a las que estamos acostumbrados a vivir en Occidente. Todo gracias a la migración.

Gracias a la globalización, los occidentales estamos aprendiendo a convivir con personas de otros lugares y pensamientos, que hacen las cosas de otra manera (y en muchas ocasiones mejor que nosotros). Todo ello nos enriquece como personas y nos permite disfrutar de otras culturas y celebraciones. Somos más tolerantes y humanos gracias a ellos. Nos respetamos y abrimos nuestras mentes. La globalización y la integración es imparable, no tiene freno y nos plantea una cuestión: ¿cómo la afrontamos?

Hay comunidades que optan por aceptar e integrar las nuevas culturas, formas de vida y celebraciones. Las abrazan y las hacen propias. Ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia se suman a la tolerancia, el respeto y la diversidad de culturas. Un ejemplo se vivió en la capital el pasado fin de semana: el año nuevo chino se celebró por todo lo alto en uno de sus barrios, con un enorme y multitudinario desfile en el que había dragones, bailes, orquestas de música oriental y mucho color. Es una de las celebraciones más importantes en Oriente, y Madrid ha hecho que ahora forme parte de sus gentes, sin importar sus creencias o su origen. Gran parte de los asistentes quedaron maravillados. Igual sucede en otras ciudades como Londres o Nueva York, donde sus habitantes viven la diversidad de nacionalidades que viven en sus barrios.

La otra opción es la que agita el miedo a lo desconocido para rechazar lo diferente, prohibirlo y discriminarlo. La integración en este caso es nula y, aunque a primera vista pueda suponer la solución a muchos problemas, a la larga se demuestra todo lo contrario. El nuevo presidente de Estados Unidos apoya esta idea, y por ello firmó el pasado sábado el decreto que prohíbe la entrada al país de personas originarias de siete países musulmanes y bloqueó la emisión de nuevos visados a todo tipo de refugiados.

Personas que, por ser diferentes, están en el punto de mira, son continuamente discriminadas y se impide su integración, lo que provoca problemas tanto sociales como de convivencia. Las mentes no se abren, las personas no se acercan y la desigualdad crece.

Sin embargo, esta medida provocó una reacción inesperada: miles de personas han protestado contra esta decisión en numerosos aeropuertos de Estados Unidos y varios líderes europeos, como Hollande y Merkel, la han considerado inaceptable y un “insulto a los musulmanes”.

A la larga, ¿qué funciona mejor para evitar los grandes problemas de la globalización: el terrorismo y la discriminación? La multiculturalidad es inevitable en el conectado mundo en el que vivimos. Sólo necesitamos decidir cómo queremos vivirla: si con división, exclusión y miedo o, como defendemos desde ECO, con tolerancia, integración y alegría.

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