La mejor inversión

Creemos que los ganadores de la lotería deben invertir el dinero en obras de caridad pero, si nos toca a nosotros, estará mejor en nuestros bolsillos

NEREA GASTESI, Fuenlabrada

Nos encontramos prácticamente en la segunda etapa de las navidades. Ha pasado la nochebuena, también la nochevieja y faltan días para que lleguen los reyes. Con ellos, el sorteo del Día del Niño. Este es un acontecimiento que, al igual que la lotería de Navidad, llenará el bolsillo de los más afortunados. Uno de estos boletos, uno de estos cartones de papel con dígitos impresos, tiene el poder de transformar la vida de una persona, de una familia, de mejorar el mundo, pero ¿cuántos de estos lo consiguen?

Clasf, la web de anuncios clasificados, realizó un estudio en el que preguntaba a los participantes lo que harían en el caso de que les tocase un premio similar al “Gordo” de la lotería de Navidad de nuestro país. Respondieron, por orden, lo siguiente: comprar una casa nueva, un coche de alta gama, pagar deudas, liquidar la hipoteca, irse de vacaciones, donar dinero a la beneficencia e instalar salones de juegos en sus casas. Una persona a la que le haya tocado “El Gordo” conseguirá por cada boleto 400.000 euros, por lo que puede llegar a un millón, una cantidad de dinero que usaría para comprar una casa nueva, cuando puede que ya tenga una en la que vive cómodamente; a irse de vacaciones, cuando en el mundo hay individuos que no han conseguido salir de su propia aldea o a instalar salones de juegos en su propia casa, cuando hay niños que ni siquiera disponen de una pelota para jugar.

Los premios que uno consigue hay que disfrutarlos, puesto que todo ser humano tiene el derecho de darse un capricho, pero también hay que mirar más allá del reflejo de uno mismo en el espejo, hay que mirar al mundo. Antes de que el premio llegara a los bolsillos puede que viésemos la televisión y nos apiadáramos de aquellas familias que huyen de la guerra, de aquellos niños que mueren por no tener nada con lo que alimentarse, de aquellas personas cuyo lugar para dormir es la entrada del centro comercial de Príncipe Pío de Madrid. Antes de que el premio llegase a nuestras cuentas bancarias puede que en nuestra mente estuviera el pensamiento “yo les ayudaría si pudiera”. Entonces, llega el premio, ese dinero que se iba a invertir para construir un mundo mejor y acaba en obscenidades, en objetos materiales que, en otro momento, los consideraríamos absurdos, pero ahora, pudiendo tenerlos, los compramos. La hipocresía nos rodea.

Invertir el dinero de los premios en obras de caridad, en ayudar a los demás, va creciendo con los años, pero, como podemos observar, se encuentra en el puesto número seis de siete, antes de instalar un salón de juegos en nuestra casa, después de comprarnos una casa o irnos de vacaciones, ¿cuánto tiempo puede pasar hasta que lleguemos al número seis de nuestra lista? ¿Seis meses? ¿Un año? ¿Tres años? ¿Algún día? No solo las cosas materiales puede hacernos felices, también puede hacerlo, por ejemplo, ver a unos niños alimentándose con la comida que nuestro dinero ha conseguido para ellos. Ver sus sonrisas de agradecimiento puede llenarnos de alegría, puesto que es una inversión para conseguir un mundo mejor, que ayudará a aquellas personas a salir de la pobreza y a llevar una vida a la que tienen el mismo derecho que el ganador de la lotería.

Está en nuestras manos hacer que sea una prioridad usar el premio para ayudar a los demás. Es algo que todos, incluso los que no ganamos el premio, podemos conseguir. En el caso de que compremos un boleto de la Cruz Roja o de la ONCE el dinero gastado para comprarlo se usa en obras sociales, por lo que se podría decir que no nos podemos excusar en el “no puedo”. Todos los años vemos en nuestra pantalla un anuncio que nos invita a compartir, empezando por el camarero que le compró un décimo a su amigo y siguiendo por el guardia de seguridad al que los empleados de la fábrica le regalan un boleto. Lo decimos de cara al público, pero en privado lo queremos todo para nosotros, cuando invirtiendo tan solo diez euros al año o, incluso, menos, las asociaciones pueden llegar a más personas que requieren de ayuda urgente.

Cuando llegue el seis de enero y veamos que nos ha tocado el gran premio, el que nos va a solucionar todos “nuestros problemas”, alejémonos a una habitación en silencio, cerremos los ojos y pensemos que es lo que realmente necesitamos, cuáles son esas necesidades que requieren que invirtamos todo lo ganado en ellas. Después de enumerar las cosas que “realmente” sabemos que nos hacen falta, cojamos un portátil y empecemos a buscar asociaciones que conviertan el premio para una familia en un premio para millones de personas. Recordad: el mayor premio es compartirlo.

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