Mis papeles de cebolla

GUILLERMO GAMBOA

Uno, de vez en cuando, tiene esas soledades. Esas que denominan soledades blancas, que nos permiten reflexionar sobre lo que nos rodea: plantearse y replantearse, en el mismo segundo, temas sobre lo divino y lo humano. Sobre lo que hicimos, hacemos y haremos y cómo influye o influirá en nuestras vidas. La duda también aparece en esos momentos junto con la ansiada crítica, que hace que todo adquiera un curioso sabor a picante.

Heme, por tanto, en uno de esos silencios blancos preguntándome si llegar hasta aquí, valió la pena. Esto no es un canto al pesaroso romanticismo de anhelo empedernido que, dios sabe, le tengo una profunda animadversión, sino que se trata de un texto más zopenco.

En los días venideros a mi entrada en la Universidad, yo, con demasiado aire juvenil y un pelo más largo del que nunca volveré a tener, fantaseaba con aquello que me iba a encontrar en la Universidad, con los mundos que allí hallaría, con las personalidades con las que me toparía, con los conocimientos que me suministrarían y con un largo etcétera que me recuerda que me encuentro demasiado afincado en la sección de literatura de ambiente épico y fantástico.

Pero esa suerte de quimera que, ahora vista de lejos, era quizás un engendro creado “por encima de mis posibilidades”, fue lo que entonces me hizo soportar un duro bachillerato solo enfocado a una triste y dramática prueba. Puede que mis expectativas fuesen altas, no lo dudo, como las expectativas del niño que, en el instante anterior a abrir su regalo de cumpleaños, le surgen un sinfín de ideas fantásticas sobre el qué será, pero que al descubrir los calcetines negros con dibujos rojos se desvanecen como fruto de un pasado mejor maldigo al bendito consumismo. Sé que pequé, pero el pecado fue compartido.

En cuatro años, menos duros que aquella prueba, se han derrumbado muchos puentes. La jovialidad con la que entré, no fue moldeada por aquellos que un día prometieron ser adalides del conocimiento. El pragmatismo y la memoria, con los que una vez me aseguraron que no volvería a jugar, se convirtieron en la única salida para doblegar las notas raspantes. Curso tras curso nos juraban acabar con las injusticias de la retentiva y abrir nuestros brazos a la comprensión. Pero nunca llegó.

Puente tras puente. Pared tras pared. A la resignación sucumbimos.

Cierto es que hubo claros. ¡Claro que hubo claros! De vez en cuando se cernía sobre nosotros algún dispar. Esas veces sus destellos me resultaban familiares y miraba al este. Allí estaban. Todos con nombre, ninguno con apellido. Era cosa de embrujo; y el embrujo desaparecía al curso siguiente.

Tarde o temprano uno observa un patrón en los cambios de la vida –estudiantil u otra–  y tiende a escuchar la misma música tras ellos. Cambios que van de imputado a investigado o de curso a cuatrimestre son finos encantamientos elaborados por el mismo palo –léase varita o astilla.

Fue realmente fácil entender su estilo, pero realmente duro encajarlo para aquel que una vez pensó que el mundo tiene cura. Poco a poco y, desde una distancia relativamente prudente, sus metódicos quehaceres me descubrieron que la malicia es pérfida y que las conspiraciones se sirven en  menú de mesón.

En este proceso de aprendizaje extra Universitatem –perdonad por mi latín, que anda un poco oxidado–, hace que se asista a “la caída de mitos”. Ver con tus propios ojos cómo la sangre real solo es un engaño más. Que la dignidad y la magnificencia forman parte del todo. Que ellos son la cueva en la que se proyectan porque necesitan que un epíteto épico les defina como al Cid y no como al caballero de la triste figura. Que los Don y dones se reparten y despachan por número y horma.

Ninguno estamos a salvo de que nuestro renombre valga más que nosotros mismo o que el suelo que pisamos.

También aprendí que el truco era liquidarse, es decir, ponerse a precio de coste. Nunca del todo, ni lo suficientemente poco para que pensasen que no eras interesante. Esos son los de Mordor, los de Voldemort, los Sith, etc., en definitiva, los alevosos. Pero en esta historia, los alevosos no se sienten como tal, porque para ser un traidor, debes sentirlo, llevarlo con orgullo; los que lo son por miedo son “los piernas” o “las babosas” –perdón a las babosas del reino animal. No entienden que de sus libros y películas favoritas ellos son el cazador, el lado oscuro, el innombrable y el ladrón. Que no tienen derecho a ser los protagonistas.

“Los piernas” creen que lo suyo es circunstancial que, en algún momento, pararán de acicalarse con peines de oro en despachos de pseudoanónimos y volverán a caminar por una senda de baldosas amarillas, como si nada. ¡Pero ay, amigos!, ahí se encuentra su error. Nadie quiere perder lo que con tanto esfuerzo ha cosechado y el miedo a la pérdida, un camino hacia el lado oscuro es.

El camino es difícil, muchos flaqueamos. Hay temporales en los que vamos dando bandazos y por cosas del azar, la suerte, el aire o Dios sabe qué, caemos de un lado o de otro. Recuperarse de una caída después de haber sido embelesado por los sincorazón, es complejo. Dicen que una vez escuchas el canto de las sirenas, no hay vuelta atrás: es una odisea. Pero es posible, solo hace falta entender que las pequeñas cosas tienen exactamente el mismo significado y valor que las grandes, pero la repercusión es menor.

“Todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”.

Calderón de la Barca, “La vida es sueño”.

Últimamente nada me sorprende.

De pequeño la palabra “calcomanía” me hacía gracia, puede ser porque me empecinase en decir “calcamonía” y me imaginase un mono con platillos, o porque de niños hay palabras sin más que nos resultan graciosas. Fue años más tarde cuando descubrí, con los pseudotatuajes de las bolsas de patatas, que era por el término calcar.

Después llegó mi querido papel cebolla que sería con el que, de más mayor, me haría gracia imaginarme a alguien haciendo un papel pelando cebollas –sin caer en las profundas lloreras que eso produciría al pobre susodicho. Este papel me hacía ser el mejor pintor y el niño más aplicado. Me dio un poder durante aquellos años que no me merecía, porque yo sabía que sin él, España no me salía tan España. Y me desprendí de aquel apoyo. Mi España debía ser imperfecta, porque si no, no era mía. Debía contener todos los fallos de alguien que no puede dominar las artes, pero que quiere hacerlo con trabajo y esfuerzo: esos serían mis papeles de cebolla. Yo quería responder ante mi arte y mi desastre, poder llevarme las ovaciones y los abucheos y no compartirlos con nadie –mitad egoísmo mitad orgullo.

La Universidad no enseña de la manera que yo creía.

Yo lo entendí mal. Con el tiempo descubrí que lo importante de esas historias no era la magia que las rodeaba, ni los leones que se postraban ante el rey, ni cómo aparecían dragones de la nada. Lo que realmente importaba era cómo actuaban ellos: los de corazón noble, los de la luz, los que defendían la esperanza. Ellos y sus historias sobre un mundo más justo eran los que me habían traído a la aventura de la Universidad.

Y en ella, como en todo, hay que saber quién eres y qué valores representas –ser el embajador de tu casa.

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