El cine como denuncia

La ira de Yo, Daniel Blake y las carcajadas de Gracias, jefe sacuden el sistema

GUILLERMO HORMIGO

Daniel Blake lleva toda su vida trabajando de carpintero en Newcastle (Inglaterra). Sin embargo, su médico le ha diagnosticado problemas cardiacos y le impide trabajar. Pese a ello, una “profesional sanitaria” rechaza su solicitud de una ayuda por incapacidad, por lo que debe buscar empleo si no quiere recibir una sanción. Tiene que buscar trabajo sin poder aceptarlo.

Los Klur son un matrimonio que durante décadas ha sido parte de la plantilla de una fábrica de ropa en Valenciennes (Francia), perteneciente a la multinacional francesa LVMH. Desde que la cerraron y despidieron a cientos de trabajadores, no han levantado cabeza. Están a punto de ser desahuciados.

Dos historias unidas por la cartelera española. Una ficticia que de inventada tiene poco. Otra contada en clave de comedia que no es ninguna broma. Dos muestras del mejor cine social, ese muchas veces calificado de panfletario y poco atractivo, pero que nunca dejará de ser necesario.

Yo, Daniel Blake es la trigésima película del británico Ken Loach, cineasta comprometido con las causas sociales desde sus inicios en los 60´. Es sin duda el director actual que lleva estos temas a la pantalla de forma más explícita y directa –lo que le ha generado adversarios entre la crítica, que no vio con buenos ojos la Palma de Oro que recibió el filme en la pasada edición del Festival de Cannes-. Este trabajo es la quintaesencia de su filmografía: denunciar una situación vergonzosa y negligente por parte de un sistema que no tiene miramientos con la clase obrera.

Es cierto que la historia se deja llevar por algunos derroteros demasiado maniqueos y simplistas, sobre todo en la historia paralela de Rachel, la madre soltera con problemas económicos a la que Dan trata de ayudar. Aún así, el guion de Paul Laverty despierta la implicación –y la indignación- del espectador con pasmosa facilidad, es imposible permanecer impasible ante los hechos que se retratan. Entre llamadas telefónicas circulares e infinitos formularios web, perdemos la paciencia y nos rebelamos junto al protagonista, todos somos Daniel Blake.

gracias-jefe

El punto de vista del documental ficcionado Gracias, jefe es mucho más original. Seguimos a François Ruffin, director del diario satírico local Fakir –y de la película-, en su estrategia para “cazar” al polémico empresario francés Bernard Arnault. Se trata del dueño de la empresa LVMH, que controla Louis Vuitton o Carrefour. Es además el máximo responsable de los despidos masivos en múltiples factorías francesas, por su traslado a otros países para ahorrar costes –entre otra presuntas fechorías fiscales-.

En un punto de este filme de corte cómico –algunas situaciones surrealistas provocaron carcajadas que hicieron retumbar la sala- la historia se detiene en los Klur, una de las familias afectadas por los ERE de las compañías de Arnault. Ruffin les “utilizará” para dejar en evidencia al magnate francés y de paso para mostrar las corruptelas del sistema. Todo ello mientras disfrutamos cada encuentro que tiene con las “altas esferas” de LVMH, del vacile con que les trata –sombreros estrambóticos incluidos-.

Pese a sus peculiaridades, ambos filmes son contundentes y necesarios. Ya nos haga brotar ira –y alguna lagrimilla-, o nos riamos por no llorar ante lo inaudito de la situación, el cine debe mantener su papel de medio de denuncia e implicación social. Llorar, reír y reivindicar.

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