Noche de los investigadores: la universidad era esto

La Rey Juan Carlos se llena de diversión divulgativa con actividades de toda índole; se respira un aroma distinto durante unas horas

Desde cine hasta gimcanas gastronómicas pasando por desfiles de moda o una oda a las legumbres, la jornada muestra la capacidad de trabajo de los estudiantes

GUILLERMO HORMIGO, Madrid

photo_2016-10-15_22-21-08

Chema Lázaro (izq.) y Javier Espinosa presentan la actividad “GangsterChef”

Cuando al filo del mediodía acaba la última clase de la mañana, los bostezos se van expandiendo como una epidemia entre los estudiantes. El profesor la ha impartido en poco más de una hora, probablemente más ansioso que sus alumnos por acabar el suplicio. Al salir del aula reina un hastío que no es nuevo, si bien es cierto que por fortuna no todas las clases siguen el mismo patrón (pero casi).

Tras varias horas muertas de descanso, al regresar al Campus de Vicálvaro de la Rey Juan Carlos el ambiente ya se siente cambiado. Carteles de distintas asociaciones universitarias buscan público rezagado para sus actividades, mientras sus miembros pululan por los pasillos detrás de esos otros estudiantes que desean aprender sobre cualquier materia de forma diferente. Bueno, quizá alguno solo va obligado por su profesor, pero hay que confiar en la buena fe de nuestros compañeros.

Lo primero que toca hacer es impartir un taller sobre cine, “Detrás de la escena”, que aborda aspectos como la música, el color o el ritmo. Entre los compañeros de 24Frames reinan los típicos nervios previos. Sin embargo, una vez comienzan a proyectarse las imágenes, en cuanto comienza el contacto con el público, soltarse es la única opción. 30 personas escuchan atentas en todo momento y participan con ganas en el juego. En él se mezclan escenas de cine originales con otras modificadas, tratando de mostrar la importancia de elementos en los que no se suele reparar.

photo_2016-10-15_22-21-14

Varios miembros de la asociación 24Frames tras impartir “Detrás de una escena”, taller sobre cine.

Con la satisfacción de comprobar la implicación del público en el trabajo realizado, toca despedirse de los compañeros de la asociación de divulgación audiovisual de la universidad. Paseando por el campus antes de la próxima actividad, la Facultad es una entera fiesta. Bailes junto a la estatua del Cervantes, vaivenes de gente colaborando en los preparativos del desfile solidario, el coche de Fórmula URJC luciendo el esfuerzo de todos los que en él han trabajado, música “reggaetonera” (quizá esto es un punto en contra) y un montón de voluntarios, que pese al negro de sus camisetas, cuando alguien se pierde son como ver la luz al final del túnel.

Y hablando de oscuridad, esta fue la protagonista en la actividad de Union, “Enciende tu universidad”. Consiste en dibujar cualquier cosa en el aire utilizando una luz fluorescente. Para ello era necesario total oscuridad, así que hay que desplazarse a los intransitados y terroríficos sótanos. Allí consiguieron fotografiar imágenes de gran belleza. La idea hace sentir a los asistentes como niños con zapatos nuevos.

Pero no podemos olvidarnos del tema central del evento: las legumbres. Sí, habéis leído bien. Las legumbres constituyen el eje de varias de las actividades debido a que la ONU ha declarado el 2016 como su Año Internacional.

En un salón de actos a rebosar, tiene lugar la ponencia “Showcooking”, conducida por Marta Miguel y el chef Mario Sandoval. Se centra en la importancia de las leguminosas como alimento saludable, seguro y sostenible. El interés de una exposición a priori tan poco apasionante radica en dos ámbitos: por un lado ciertos datos sorprendentes, como que el cacahuete es una legumbre o que solo en Madrid hay 46 variedades de judías. Por otro, en el debate surgido sobre la seguridad y salubridad de los alimentos que consumimos. A este respecto, Mario Sandoval señala como echa de menos los sabores de la huerta, mientras Marta Miguel recalca lo vital que es “educar el gusto” a los niños.

Sin tiempo para asistir hasta la conclusión de este coloquio (hay que reconocer que tampoco es especialmente absorbente), es buen momento para dar un nuevo paseo por los alrededores. La gente se agolpa en los puestos de comida, algo a lo que cuesta resistirse. Tras llenar el apetito, es hora de volver al escenario en el que tendrá lugar el desfile, el jardín que separa el aulario de la residencia universitaria.

La alfombra negra está ya desplegada. El público comienza a tomar asiento (aunque no pocos se quedarán de pie). Los presentadores, luciendo sus mejores galas, ya preparan sus gargantas. El desfile, cuya íntegra recaudación irá dedicada a la lucha contra el cáncer, está a punto de arrancar.

Al mismo tiempo, los miembros del Club de Debate de la URJC ofrecen un taller de oratoria básico a los asistentes. Juan Rivera transmite al público las claves para hacer una comunicación efectiva gracias al empleo de los gestos, la gestión del espacio y la esquematización del discurso para lograr fluidez. Juan, junto a sus compañeras Marta y Jimena, ejemplifica los consejos para conectar con el público mediante el contacto visual y la inclusión en el relato. Por último, ofrecen la oportunidad a los participantes de salir al escenario y poner en práctica lo aprendido, mediante un divertido discurso en el que deben vender cosas difíciles de comprar.

photo_2016-10-15_22-21-04

Juan Rivera durante el curso de oratoria del Club de Debate de la URJC.

Por otro lado, los componentes de la asociación de voluntariado de Campus 89 presentan un interesante proyecto sobre el ahorro y reutilización del agua: “Impluvium”. Este, según explica uno de los cuatro ingenieros creadores de la maqueta, Clara González, nació cuando se inscribieron al concurso de “Smart City”, que consistía en diseñar algún edificio o elemento para hacer las ciudades sostenibles de cara al futuro. Para ello, se centraron en dos de las mayores causas de contaminación y gasto de agua en las ciudades: la sobrepoblación. Resulta casi instintivo centrarse en China. Un dato aportado por Clara González es especialmente escalofriante: existen más muertes por deshidratación que por enfermedades o guerra.

Como solución al problema que se les planteaba, los cuatro estudiantes encargados de maquinar el proyecto, pensaron en una “ciudad verde”, es decir, una ciudad donde los edificios tengan una especie de jardín en la parte superior que sirva para filtrar el agua de lluvia, almacenarla y utilizarla. El agua que utilizamos para ducharnos o para beber  no tiene por qué estar tan limpia como la que del desagüe del baño. Basados en esta idea, diseñaron un sistema de tres tuberías y un tanque para almacenar el agua de lluvia, con el objeto de  reutilizar el agua que ha sido usada pero no está completamente sucia.

Es un proyecto ambicioso pero realizable en viviendas de nueva construcción y, muy importante, es barato. Además este prototipo de vivienda ha sido estudiado en todos los diferentes climas del planeta, e incluso. Solo queda que alguna compañía con ganas de cambiar el mundo, frenar las muertes por deshidratación y hacer frente al cambio climático escuche las ideas de estos cuatro jóvenes. Ya demostraron su valía en Pekín, donde su proyecto ganó un importante concurso de innovaciones sostenibles.

Hay tiempo para una última actividad en el aulario que sirva para poner la guinda al pastel de una jornada extraordinaria. Una guinda con la que llenar el apetito, pero que también puede explotar en la cara…

photo_2016-10-15_22-20-46

Los asistentes pudieron observar el coche realizado por el equipo de Fórmula URJC.

“GangsterChef” es lo que toda enseñanza debería ser. En cuanto se atraviesa la puerta, sé es consciente de que algo diferente espera. El aula está llena de distintos alimentos: limones, plátanos, sushi, melón, lechuga… También hay cuchillos y libros de recetas. Y lo más inquietante: cuatro cajas fuertes. Los dos chefs presentan la actividad: solo es posible abandonar la clase si en una hora cada uno de los cuatro grupos formados es capaz de abrir su caja fuerte. Además, un celíaco harto de ser discriminado explotará su cinturón de latas vacías si en ese tiempo no se realizan elaboraciones que pueda comer.

La clave está en las instrucciones culinarias que hay junto a cada una de las cajas. Tras darle muchas vueltas, un grupo consigue abrirla. Pero esto no ha hecho más que empezar, ahora cada equipo debe realizar un plato. Por ejemplo el postre, una brocheta de verduras con chocolate (salvo un par sin él para el celíaco). Al acabar, con la clase/cocina hecha un adefesio, se informa de que hay que hacer una bebida con lo que ha sobrado: limones (nunca fue más cierto eso de que si te dan limones, haz limonada). Mientras algunos limpian el desaguisado, otros se ponen con la bebida, buscando el punto justo de azúcar. Y peor aún lo tienen los del sushi…

Una vez los cuatro grupos acaban sus elaboraciones (las brochetas, el sushi, una ensalada deconstruida y un gazpacho de melón), deben abrir una última caja fuerte entre todos,  40 personas. La clave está en las instrucciones del inicio: deben utilizar unas luces especiales para descubrir que en las de cada grupo hay un número escrito por detrás. A falta de dos minutos para que el celíaco explotara, la caja final se abre. Por fortuna, nadie va a morir…

Los chefs catan los platos. Son benévolos, no ponen pegas. Antes de descubrir el contenido de la última caja, explican que en realidad son dos profesores que se dedican a hacer actividades de esta índole para educar a los niños. En este caso en el hábito saludable de la buena alimentación. Es difícil imaginar una mejor forma de hacer que un niño quiera comer sano que esta, vendiéndoselo como una aventura. Solo queda aplaudirles por la mejor y más estresante hora del día.

Por cierto, al final muestran el contenido de la gran caja final. Era un papel en el que se leía: “La puerta de atrás siempre estuvo abierta”. Definitivamente, Javier Espinosa y Chema Lázaro, que así se llaman los profesores, son dos genios.

Con la barriga llena (dejaron comer los sorprendentemente pasables platos) y radiante por todo lo vivido, acaba la séptima edición de La Noche de los Investigadores. Toca realizar un repaso mental de las experiencias vividas: impartir junto a grandes compañeros un cursillo exprés de cine, dibujar en la oscuridad, aprender a valorar las legumbres pese a las flatulencias, o descubrir nuevas formas de enseñar. Se ha visto la cara oculta y feliz que siempre oculta la universidad, entre apatía, sombras y exámenes.

A las 21:30 de la noche, tras un larguísimo día, es momento de abandonar el campus. Y da mucha pena.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s